miércoles, 25 de julio de 2007

UNA (VIEJA) INTRODUCCIÓN AL TEMA


(Transcripción sin cambios de un escrito de agosto de 1995)

Hace aproximadamente cuatro años hice un curso de Programación Neurolingüística para secretarias. En él me enseñaron las técnicas para un mejor entendimiento con los otros y para una secretaria el primer y gran otro es su jefe. Aprendí muchas cosas y descubrí que había otras que ya conocía y ejercitaba intuitivamente. Entre éstas últimas estaba mi relación con mi jefe a través de las "malas palabras".

Cuando era chica en mi casa no se decían malas palabras. Lo más fuerte que le podía escuchar a papá era "me caigo en San Petersburgo", pudiéndose inferir por la entonación que a ese caigo le sobraba una i. Mamá era incapaz de decir una palabra fuera de lugar y mis dos hermanos varones, menores que yo, no eran "malhablados". Me casé muy joven (a los 20 años) y dúctil y maleable como era, me acostumbré rápido al lenguaje más suelto de mi marido, que yo creía divertidamente procaz y ahora me doy cuenta de que era bastante discreto. Tuve tres hijos varones y con el tiempo me divorcié y me ocupé yo sola de su crianza. Las malas palabras fueron cosa corriente para mí; si estaba enojada me parecía normal decirles "les voy a romper el culo a patadas" aunque no sonara ortodoxo en labios de una madre. Nunca me molestó escuchar malas palabras o, si lo creía necesario, decirlas para enfatizar o como desahogo. Una de mis exclamaciones preferidas, porque me llenaba la boca, era "me importa un cazzo" (claro que cuando descubrí el significado de cazzo, la frase pasó a expresar que me importaba mucho).

Hace seis años que trabajo con mi jefe actual. Tuvimos muy buena relación de entrada, la que además se vio mejorada con el tiempo por el acomodamiento conciente o inconciente, mío hacia él y es probable que, aunque en menor medida, de él hacia mí. Pero fue sólo cuando hice el curso mencionado que caí en la cuenta de que en determinadas circunstancias él decía delante mío "palabrotas" que yo escuchaba naturalmente.

En aquel momento planteé en clase que parte del rapport entre mi jefe y yo se debía a que él podía decir determinadas cosas sin que me escandalizara. También yo me permito decirle de vez en cuando "fulano de tal es un boludo" con toda tranquilidad. Compartimos este lenguaje en forma natural.

1 comentario:

Andrea Majul dijo...

Maria del Carmen, felicitaciones por el blog y adelante con el proyecto. Como siempre, un placer leerte.